Crónica de una larga espera

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El martes pasado, en la tercera reunión de las comisiones encargadas de debatir el proyecto de ley para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, esperamos mucho tiempo a los legisladores y legisladoras que nunca llegaron. Ni un asistente por el radicalismo, y sólo la presidenta de la Comisión de Familia, la diputada Di Tulio, compareció por el FpV.
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Carlos Figari

Hemos esperado mucho tiempo. Cientos de años. Y en la sesión anterior no esperamos, pero sí escuchamos. Y el peso de esos años nos cayó encima: imágenes, metáforas, gestos, miradas de odio, miradas de asco, banderas argentinas, cortes militares, enormes biblias como armas, en fin: violencia. Y no es miedo, no. A esta altura, ya no... Es esa sensación de ser "abyectos", nunca mejor sentido más que expresado.


El eje, por supuesto, se corrió y todo el tiempo en vez de discutir el matrimonio se nos criminalizó y/o patologizó. "No a las uniones de putos"; "Legalizar el matrimonio homosexual es permitir la entrega de menores a homosexuales. Digamos la verdad: ¿para cuándo proponen la pedofilia legal?", eran los encabezados de los panfletos mientras que al pie consignaban Viva la Patria y Cristo Rey: "Para que la contranatura democrática no nos gobierne más".


Parte de la reunión se discutió si de verdad habría que haber sacado la categoría homosexual del DSM (diagnóstico de enfermedades mentales). Que eso fue un hecho político y no científico. Que nosotrxs perseguíamos a los homos que querían dejar de serlo. Que nos podían curar, pero que nos empeñábamos en no dejarlos hacerlo... Que las lesbianas, como desarrollaban aversión y resentimiento hacia los hombres, resultaban madres "peligrosas" para sus hijos varones. Que si éramos unos híbridos que no nos podíamos reproducir, para qué queríamos casarnos. Que si por amor fuese entonces me caso con mi mascota o un animal...


En algún momento sentí que en vez de matrimonio deberíamos pedirles que por lo menos no pusieran una ley para encerrarnos de una buena vez o mandarnos a vivir a "Putolandia", esa isla a la que imaginaba deberíamos ser confinados el ya fallecido obispo Quarracino.


Todo en esa sesión fue terrible, como dijo María Rachid entre llantos al final; es como si a los judíos los pusieran a argumentar frente a sus torturadores del Holocausto... O cómo, siempre y consecuentes, afirmaron las Madres de Plaza de Mayo, no podemos sentarnos a "dialogar" con nuestros asesinos.


En un momento creo que cuando miré a Florencia (mi compañera/becaria/lesbiana, madre de un "varoncito", doy fe: muy bien amado) y la abracé, para todxs nosotrxs lo único posible fue la lágrima. Nuevamente ese lugar de impotencia, esa viga que nos fija el límite: la tolerancia, ergo lo abyecto. Lo único que nos cura en ese momento es el abrazo.


En su estudio sobre La banalidad del mal (Eichmann en Jerusalén), la filósofa Hannah Arendt se interroga sobre el porqué de la no reacción de las víctimas, por qué nos abruma el horror, el grito, la lágrima.


La lágrima es esa posición irreductible que siembra y anuncia que sobre tierras feraces algún día algo va a brotar. Mujeres, afrodescendientes, pueblos originarios, judíos han conseguido algunos espacios seguros, de cuidado, de abrazo: un lugar en el mundo.


Nosotrxs estamos en eso. Hemos esperado y llorado: sea criminalizados en las hogueras de la Inquisición, en los campos de concentración, en las dictaduras militares, en las comisarías; sea patologizados, en los consultorios médicos.


Se olvidan aquellos que argumentan que lo nuestro es un desorden mental y/u hormonal, que las terapias que ellos recomiendan reconocen sus antecedentes en los cruentos implantes ováricos y/o testiculares que, para la cura de la homosexualidad, implementaban médicos argentinos a principios del siglo XX. O las experimentaciones con homosexuales iniciadas en los campos de concentración, especialmente en Buchenwald, de donde saldría un médico dinamarqués (padre además de la lobotomía) contratado por el gobierno argentino en la década del '50 y que siguió desarrollando sus terapias "nazis" en Buenos Aires.


Es la misma gente que para matar a millones de judíos argumentaba, al igual que la Iglesia y los sectores conservadores lo hacen hoy, que no se podía "otorgar igual tratamiento a lo que es esencial y naturalmente distinto". Exactamente el mismo razonamiento sirvió para sostener las leyes nazis que prohibían el matrimonio mixto entre judíos y arios, o entre negros y blancos durante tanto tiempo en los países con apartheid.


No nos dejemos engañar por el ropaje. Son los mismos y quieren lo mismo: nuestro exterminio. Revelador al respecto es el documento reciente de los obispos de San Justo: "En las convivencias homosexuales va de suyo que no hay madre posible, ni nadie que realice su misión, tampoco hay marido ni mujer, no hay esposos, no hay hijos... En síntesis, no hay nada... Esta nada es nada. Es un no nosotros". Es la "solución final".


¿Que no tenemos hijxs? Pues ya los tenemos. Les damos la noticia. Qué va pasar cuando comencemos a tener hijos no es una hipótesis a plantearse, es un hecho sociológico. Tenemos ya familias, tenemos madres, tenemos padres, tenemos hijxs y a montones, felices, y sanitxs, gracias a Dios y a los avances y la creatividad de la biotecnología al servicio del Amor y de la Vida.


Traigo a colación, nuevamente, los razonamientos de Hannah Arendt: no nos reduzcan a una pieza, sustituible en una máquina cerrada y dogmática que establece leyes supuestamente "naturales". Atrévanse al pluralismo, a reconocer, como diría la filósofa en la existencia del otro una gran novedad, un ser abierto a dar cosas "que nunca han existido" a través de la "acción de su discurso".


Por eso, señores y señoras legisladoras y legisladores, lo nuestro es mucho más que una demanda fincada en la ética de la justicia, la nuestra es una petición, un clamor, desde una ética del cuidado. Más que justos pedimos que sean cuidadosos y bondadosos. Que consigan elucidar lo que está atrás de estas argumentaciones. La línea de continuidad nazi y antidemocrática es la misma cuando en sus volantes afirman que ésta es una "democracia contranatura". ¿No ven, legisladores y legisladoras, que después de nosotrxs vienen por ustedes?


Esta es una lucha cultural, sí. Por una cultura de la vida y del amor, de la felicidad de los ciudadanos y ciudadanas y del cuidado de la democracia.

Esa loca sensatez

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Se conocen accidentalmente en el aeropuerto de Roma y, en pocas horas, Eva y María, las protagonistas de La insensata geometría del amor, inician un romance ardiente y perturbador. La autora de esta novela, un clásico de la literatura de temática lésbica reeditado este año por Punto de Lectura, habla de cómo surgió su historia y de cómo surgieron otras historias más.
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Entrevista: Susana Guzner. Facundo Nazareno Saxe

¿Eras consciente de que estabas escribiendo un hito en la literatura lésbica cuando pensabas La insensata geometría del amor?

–No. No sólo no era consciente sino que fue la primera novela que mi entorno me convenció a publicar. Escribía mucho pero nunca pensé que lo que yo escribía tuviera rango de publicable, admiraba mucho a muchos autores y autoras como para pensar que lo mío podía ser un libro. Ocurrió que coincidí varios años en un trabajo con una gran escritora española que es Rosa Montero, y ella fue la que decidió llevar el manuscrito a Esther Tusquets.

¿Cómo ves la situación de la literatura de temática Glttbi?

–Cada vez más las grandes editoriales se dan cuenta de que ahí hay una veta, que hay un mercado y no solamente endogámico. Fíjate el éxito de escritores como David Leavitt, que siempre ha escrito literatura con argumento de temática; Sarah Waters, Jeanette Winterson. Yo ahora noto, en estos años, un boom, mucho más en el ámbito anglosajón que en el latinoamericano. Pero, por ejemplo, en el ámbito latinoamericano, a nadie le asustan y no sólo eso sino que son sumamente valoradas autoras como Cristina Peri Rossi, que para mí es maravillosa. Una poeta magnífica que habla del deseo lésbico con absoluta libertad y aparte con un estilo maravilloso. Uno de sus libros, La estrategia del deseo, es fantástico, es la glorificación del amor lésbico. Me da la impresión de que aquí en la Argentina la cosa está un poco difícil, en general para publicar cualquier texto.

¿En tu novela te propusiste visibilizar el mundo lésbico?

–Yo quise escribir el libro que a mí me gustaría leer sobre el amor entre dos mujeres y sus avatares y sus vericuetos. Pero por otro lado el argumento, digamos la historia, me nació de una manera totalmente inconsciente; más aún, estaba durmiendo, eran las tres de la mañana y me despertó la frase: "Pidamos pronto porque me muero de hambre. Sí, pidamos pronto porque me muero de amor". Sentí que me tironeaba, me desperté y me puse a escribir.

Los personajes de la novela representan diferentes perspectivas sobre ser lesbiana. ¿Cada personaje podría ser una mirada distinta?

–Eso es claramente intencional, quería escapar del maniqueísmo que hay, o que había al menos, porque ha pasado un cierto tiempo y muy lentamente la imagen de la lesbiana butch, bigotona y demás ya no existe. Quise mostrar que el colectivo lésbico y las mujeres en general no somos una cosa homogénea. También me interesaba desde el punto de vista feminista mostrar un amplio espectro de mujeres. Para mí, aparte de que nací lesbiana, y aunque soy psicóloga no me rompo mucho la cabeza por saber por qué se es lesbiana, luego vino una toma de actitud política. Te defines como lesbiana y actúas como tal. Mi intención con la novela ya cuando me puse a mostrarla era no sólo visibilizar sino naturalizar el hecho lésbico, el hecho de ser lesbiana.

¿Qué quiere decir "normalizar a la lesbiana"?

–Normalizarla en el sentido de que yo como lesbiana he leído infinidad de libros heterosexuales con historias de amor heterosexuales, con películas, series televisivas; contar con absoluta normalidad lo que son los vínculos y las diferentes características y sobre todo mostrar algo que a mí me es muy importante, es decir, yo deposito en lo femenino dos atributos básicos: la sabiduría y el misterio. Creo que por eso amo mujeres, considero que tenemos el patrimonio de la sabiduría y el misterio. Entonces mostrar ese misterio y por otra parte cuidando mucho, porque a mí no me interesan los aspectos estrictamente del encuentro genital, me gusta la seducción, no la gimnasia corporal.

¿Cuándo fue la primera vez que volviste a la Argentina luego del exilio? ¿Cómo veías la situación?

–En el '84, cuando ya estaba Alfonsín, vine varias veces de visita. A los treinta años me vi obligada a exiliarme, asesinaron a mi única hermana, la Triple A, y yo fui amenazada, estaba perseguidísima de muerte. Y me fui con lo puesto prácticamente. Me fui en marzo del '76. Cuando llegué con el barco a Vigo, vi en el puerto los periódicos que decían "Golpe de Estado en la Argentina", o sea me fui por los pelos. De hecho, la Triple A me dio por muerta junto con mi hermana, porque no pudieron engancharme, y muerta civilmente. Cuando volví a renovar el pasaporte en el '84 no figuraba, era NN, yo no existía, no había nacido en la Argentina, nada, es decir, me desaparecieron civilmente. Fue un shock brutal, porque venía toda la gente con el "no te metás", el silencio, el dolor, empezabas a emerger de la barbarie terrible que habíamos padecido, que nosotros en Europa lo sabíamos porque teníamos informes y estaban los de derechos humanos y demás. Lo sabíamos, pero no se sabía acá. Entonces, muchísima gente que me creía muerta, que no se había atrevido siquiera a preguntar por mí, iba por la calle y me veían como a un fantasma. Fue una emoción potentísima. Yo estaba como en una nube.

Cuando te vas a España, ¿encontraste una situación mejor respecto del lesbianismo?

–No, España salía de cuarenta años de dictadura. Estaba muy tapada, pero realmente fue privilegiado mi exilio. No puedo cantar el tango del exilio, francamente. Primero, porque salvé la vida; segundo, porque justamente coincidió con toda la transición democrática española y una explosión de todas las manifestaciones; todo lo que venía reprimido durante tantos años, la transformación de la sociedad política, cultural, emocional española fue maravillosa. La irrupción de gente como Pedro Almodóvar, Alaska, toda la movida, todo eso lo viví muy intensamente y junto con eso también empezó a salir del armario toda la diversidad sexual, que se concretó en años de lucha. Yo he escuchado historias terroríficas en España, como las había aquí. La represión brutal hacia el colectivo. Yo creo que vamos a pasos agigantados acá también, además de algunos países nórdicos que ya tenían su legislación; el hecho de que España con el gobierno socialista aprobara las leyes de matrimonio, herencia, adopción y demás ha sido un paso de gigante porque ha marcado jurisprudencia en casi todos los países. No sólo en el ámbito latinoamericano. Mira la India: acaba de aprobar una ley, por ejemplo. Es decir, creo que ha ido todo muy rápido felizmente. Queda mucho por hacer y en la Argentina yo noto que en la visibilidad ya hay una etapa.

¿Notás un cambio importante en cómo las nuevas generaciones viven sus identidades?

–Yo empecé a tener amores muy pronto, ya me enamoraba de las compañeritas del jardín de infantes; mi primera novia la tuve a los dieciséis años y te estoy hablando del año '65, totalmente oculto, muchas lo llevaban mal, he tenido amigas que se suicidaron o que las sometían a electroshocks o curas de Sackel; bueno, ni hablar de la aberración que eso significa. El hombre no: la figura del puto o del mariquita siempre fue folklórica, eso pasa en todos los países, en España también y no digo mariquita, válgame Dios, de manera despectiva sino usando el término de ellos, que lo han pasado horriblemente mal, o terminaron dedicándose a la prostitución como única salida, humillados, vilipendiados; pero era más aceptado como la figura del maricón. Había algo. Las lesbianas somos mujeres y como mujeres somos el último eslabón de una cadena, aún más reprimidas, aún más angustiadas. Yo siempre lo he vivido con terrible gozo, haciendo una doble vida, inventándome novios, mientras me lo pasaba divinamente con mis amigas; había un lesbianerío, pero de verdad te digo, era la secundaria, cartitas de amor y cosas así, pero cada cual con su novio, luego se casaba, la barriga, la familia y todo eso. Y ahora veo dos caras de la moneda en las lesbianas jóvenes, o muy activistas, muy movedizas, y muy diciendo "aquí estoy yo"; y si no una despolitización total, como por ejemplo Cumbio, que dice "tengo novia, pero no soy lesbiana", ganas de no entrar en una categoría que ellas consideran etiqueta, pero que en realidad es una categoría política. Pero yo lo entiendo, porque ahora pueden decir "qué más da lo que soy", a mí también me gustará en un futuro que no sé si lo verán estos ojitos que nadie tenga que estar diciendo "hola, soy fulana de tal y soy lesbiana, y qué te importa", es decir no importa, no interesa cuál es tu elección afectiva.

Derecho de exclusión

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La noticia sobre la creación de una cámara de comercio para la comunidad Glttbi dispara una reflexión sobre la vacuidad del uso de esa sigla que, por lo que suele representar, podría acabar en las dos primeras letras.
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Mauro Cabral

Hace unos días atrás recibí, en mi casilla de correo electrónico, la publicidad de una fiesta "totalmente sexual" que una noche de éstas tendrá lugar en Cali. Luego de avisar, bien desde el comienzo, que los asistentes se identificarán y serán identificados por antifaces (negros para activos, rojos para pasivos y amarillos para versátiles), el anuncio continuaba desglosando una larga lista de puntos a considerar (cuarenta). Cómo hay que inscribirse, la cantidad de condones (tres) y de toallas (una con opción a dos, y hay que devolverlas) que se proporcionará gratuitamente a los asistentes, fisting sí, pero sin suciedad ni mal olor, pase libre para cualquiera que acredite más de 22 centímetros, etcétera. El punto 3 de la lista afirma: "La fiesta es totalmente gay, así que sólo se permite el ingreso de hombres mayores de edad". El punto 4 continúa: "Se prohíbe el ingreso de personal trans, que no ingresará así haya realizado la consignación, y de haberla realizado no se retornará el dinero".

La semana anterior había recibido otra publicidad, esta vez de un hostel gay de Buenos Aires que anuncia por mail la bondad de sus promociones en un inglés francamente porteño. Hice lo que hago habitualmente en estos casos: escribir y preguntar si así como estoy sentado acá escribiendo puedo ir y alojarme. Claro que no: el hostel sólo recibe hombres. Eso soy, les dije. Un hombre, trans. Pero no hubo caso. Lo suyo, como bien se molestaron en explicarme, no es activismo sino un negocio. Más o menos lo mismo me respondieron los muchachos de la fiesta: todo bien con "las trans", ya haremos una fiesta a la que "ellas" puedan entrar. ¿Ellas? No sabemos lo que querés decir, pero como sea, no. Vivimos de esto.

Por ahí, más o menos en el medio entre un intercambio de mails y otro, cuando no, una noticia. Ah, las noticias. Esas noticias, las que hacen que uno se felicite de la comunidad que construye y se emocione viendo flamear la bandera del orgullo en algún lado. Una noticia, como bien se publicó por ahí, de la diversidad, de esa diversidad que, como también se publicó, suele traducirse en la sigla Glttbi. En fin, la noticia: en Buenos Aires se realizó el 2º Encuentro Internacional de Empresas y Emprendedores Orientados al Segmento Glttbi.

Después de haber leído la noticia en varios medios distintos llegué a la conclusión —verdaderamente rápida— de que, de acuerdo con los estándares difundidos del negocio Glttbi, yo no califico como consumidor. La razón es bien simple: soy pobre. Mi novio es pobre. Hasta mis perros son pobres, y el tortugo ni hablar, pobre de solemnidad. La cobertura periodística que se le dio al encuentro dejó bien en claro, una y otra vez, que el interés central radica justo allí donde miles y miles y miles de diversos no cuentan. El negocio...

No toda violencia excluyente es económica, sin embargo. Los organizadores de la fiesta en Cali y los administradores del hostel gay de Buenos Aires lo tienen bien claro: para los hombres trans, ni aun pagando las cosas cambian, no vaya a ser cosa que la masculinidad diversa arruine la diversión. Y ni que hablar de aflojarle la rienda al privilegio, a ese privilegio que, una vez más, no es sólo económico. A ese privilegio que es, en esencia, bíblico. Dios les dio el poder de nombrar, de distinguir las especies entre sí y de distribuirlas en el espacio, incluyendo

—¡claro está!— el espacio del deseo. La empleada que en la puerta decide quién le parece digno del pronombre "él" y quién tendrá que soportar, en cambio, sus disquisiciones acerca de la masculinidad ajena; el activista que, sin el menor empacho, explica a su audiencia cómo la diferencia sexual es la verdad de la gente, aunque la gente no quiera. Los queridos empresarios y emprendedores de la comunidad Glttbi que en cada marcha del orgullo auspiciarán con sus anuncios el reclamo por el respeto por la identidad de género, pero que no nos reconocerán, jamás, el derecho a la identidad definida en nuestros propios términos. Ahí estarán, con sus banderas de la diversidad. Y serán negocio.

Biceversa

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¿Orientación sexual o desafío liso y llano al valor que se le da a esa categoría? ¿Identidad en tránsito o ninguna identidad? La bisexualidad se enuncia en la sigla que enumera la diversidad –en la b de Lgbtti– como un acto de corrección política, pero las y los bisexuales no encuentran lugares de pertenencia, reciben miradas de soslayo y hasta les cae el mote de hipócritas por no cuadrarse dentro de definiciones más clásicas. Entre la expansión del mundo erótico y la práctica más pura, un puñado de experiencias y placeres bien situados en esa letra B.


Patricio Lennard

Una obra de un artista conceptual consiste en lo siguiente: sobre un pedestal hay un vaso cuya parte superior está llena de agua, mientras que su parte inferior permanece vacía. El cambio de perspectiva se vale de una metáfora gastada: ya no vemos de la misma manera "el vaso mitad lleno o mitad vacío" porque lo que hace la inversión es confundirlas. En todo caso, la obra parecería invitar a mirar a la vez las dos mitades; a no tener que elegir entre una u otra; a disolver la oposición que las define. Y es en esa forma figurada de estrabismo donde se termina por privilegiar el viceversa.

De la bisexualidad podría decirse algo parecido: antes que ser una orientación sexual, la bisexualidad pondría bajo sospecha la orientación sexual como categoría. Ser y no ser: ésa sería la cuestión en un mundo en que no tener un solo sexo como objeto de deseo constituye una excepción a la regla. Algo que confirman (y comparten) tanto heterosexuales como gays y lesbianas, entre quienes los prejuicios acerca de la bisexualidad suelen partir del mismo punto: ese que entiende su ambivalencia como una situación de tránsito, como un estado de indefinición. No como una dualidad, sino como una dicotomía. "La primera psicóloga que tuve me decía: 'Alguna vez vas a tener que encontrar el camino. La bisexualidad no existe'. Para ella se trataba de dos rutas que en algún momento se cruzaban, mientras que para mí eran dos rutas que seguían –una por un lado, la otra por el otro– sin que hubiera una rotonda donde poder juntarlas", explica Carlos, 42 años, arquitecto. Y en los quince años que han pasado desde que él tuvo sexo con un hombre por primera vez dice no haber visto ningún indicio claro de que el vaticinio de aquella psicóloga fuera, en su caso, a cumplirse. "Yo veo una mina en bolas y me calienta. Veo un tipo en bolas y me calienta. Me puede calentar más uno que el otro, pero si tengo que elegir, para mí el combo es excelente... Tener las dos cosas a la vez sería lo máximo. Y si bien he estado en la misma cama con un chico y una chica, lamentablemente eso nunca se prolongó en el tiempo."


No en vano el otro gran prejuicio que existe con respecto a las personas bisexuales (a saber: que la infidelidad y la promiscuidad les serían dadas casi por naturaleza, lo que al principio de la epidemia del sida hizo que fueran señaladxs como responsables de propagar la enfermedad entre la población heterosexual) incurra en el error de suponer que la fidelidad y la monogamia son más fáciles para quienes tienen claro, en materia sexual, para qué lado patean. Un mito urdido a la sombra del discurso sobre el amor predominante en las sociedades occidentales, para el cual la fidelidad y la monogamia son la base de las relaciones amorosas, y el amor sólo puede realizarse en pareja. "¿Quién nos quiso hacer creer que no se puede amar a más de una persona a la vez? Y no te hablo de estar casado y tener un amante, sino de la posibilidad de amar de a tres, simultáneamente", dice Julio, 37 años, artista plástico. Alguien que, a diferencia de Carlos, sí tuvo la oportunidad de dejar atrás preconceptos y desafiar la "geometría de las pasiones" (para usar una expresión de Remo Bodei), convirtiendo en trío lo que en un principio era triángulo apenas.

"Yo estaba de novio con un chico brasileño que se llama Pedro, y una noche fuimos a una fiesta que organizaba una amiga. Ahí nos presentaron a Andrea, una diseñadora de moda, que como había ido sola charló y bailó con nosotros casi toda la noche. Cuando el champagne se nos subió a la cabeza, ella empezó a acariciarme por lo bajo, aunque sin que mi novio se diera cuenta; y hacia el final de la fiesta, en un aparte, me metió su tarjeta en el bolsillo y me dijo: 'Llamame cuando quieras'. Sabía que Pedro y yo éramos novios, pero así como hay hombres heterosexuales que se vuelven locos por las lesbianas, a ella los chicos gays la volvían loca. El caso es que mi novio, que solía viajar a San Pablo, se tuvo que ir y eso me dio pie para llamarla; arreglamos para vernos y esa misma noche tuvimos sexo. Si bien luego Pedro se enteró, no me atreví a decirle que nos seguíamos viendo, aunque el ocultamiento duró poco. Por esas ironías del destino, en el siguiente viaje, Pedro se la cruzó en otra fiesta (ella había ido por negocios) y como Andrea sabía que él también era medio bisexual se lo terminó levantando. Lejos de darme celos, cuando volvieron y me contaron la situación nos divirtió mucho, y ese verano decidimos irnos de vacaciones. Fuimos a la playa, nos poníamos en bolas, una noche tuvimos sexo en un acantilado y dormíamos los tres juntos. Fueron ocho meses hermosos en los que nos quisimos sin condicionamientos, hasta que con Pedro empezaron a aparecer algunos roces. El decidió volverse a San Pablo, ella y yo seguimos juntos, pero la cosa ya no fue lo mismo y al mes y medio se terminó todo."

Diferente es la situación que Woody Allen plantea en su película Vicky Cristina Barcelona, en donde los personajes de Scarlett Johansson y Penélope Cruz despuntan su bisexualidad formando un trío con Juan Antonio (Javier Bardem), un artista plástico separado y desinhibido que se dedica a seducir a cuanta mujer se le cruza por delante y que entrevé en la atracción que se genera entre ambas (amante y ex esposa, respectivamente) la posibilidad de un amor que no sea tan posesivo. Algo que en la narrativa de la bisexualidad suele traer aparejado un lugar común melodramático: el fantasma de la "incompletud"; la idea de que el otro nunca alcanza. "Para mí siempre fue más cómodo estar con una chica bisexual porque es lo más parecido", cuenta Adela, 32 años, profesora de literatura. "Estar con una lesbiana implica, en la mayoría de los casos, estar con alguien que busca en vos algo distinto de lo que vos buscás en ella. Digamos que una lesbiana tiene una idea de pareja, una idea del amor que es diferente. En cambio, con una chica que por ahí tiene su novio pero a su vez está con vos, es como compartir un secreto. Yo nunca tuve una novia con todas las de la ley. Sí me enamoré de una chica a los 21 años y hubo con ella algo parecido a una relación, pero nunca estuvo al mismo nivel de enamoramiento que yo, lo que me hizo sufrir bastante. Ahí mi parte lesbiana se volvió central, pero sólo en esa oportunidad, y después todos los novios que tuve supieron que a mí también me gustaban las chicas. Saberlo a algunos les provocaba celos; a otros, fantasías que muchas veces venían acompañadas de la propuesta de sumar alguien más a la cama. Más allá de que a la hora de relacionarse con una chica bisexual siempre está latente en los hombres la idea de que ellos no son mujeres. Lo que muchas veces les provoca celos, aunque no te lo digan. La creencia de que con ellos no te alcanza; un prejuicio machista... Aunque si lo pensás bien, es lo mismo que si te gustan solamente los hombres. Si estás sólo con hombres, ¿quién te asegura que no te van a gustar otros? En el fondo, no hay casi diferencia."


Cuestion de grados

Y si no hay casi diferencia, ¿por qué los hombres y las mujeres bisexuales que buscan entablar un vínculo amoroso suelen enfrentarse a celos o sospechas que los discriminan? "Socialmente, las personas bisexuales no somos tomadas en serio. Y esto en parte lo atribuyo a la carencia de elementos identitarios propios –opina Julio–. No hay puntos de encuentro o lugares bisexuales, como sí hay lugares para gays y lesbianas, ni espacios de pertenencia como los que tienen los osos o los leathers, por ejemplo. Y esto es así porque muchos insisten en ver la bisexualidad como una práctica. Cuando no como un signo de hipocresía, si se tiene la idea de que en el fondo se trata de gays y lesbianas que mantienen una vida heterosexual para seguir siendo socialmente aceptables".

En este punto, Adela sugiere que los prejuicios en contra de las personas bisexuales suelen darse de manera más marcada entre gays y lesbianas. "Me parece que a las lesbianas no les gustan mucho las mujeres bisexuales. Por ahí piensan que una mujer bisexual nunca puede ser del todo leal, aunque conozco lesbianas que se proponen conquistarte porque como mujer bi o heterosexual les parecés más atractiva. Yo he intentado varias veces levantarme a minas que sabía que nada que ver con la fantasía de iniciarlas. Además, a las lesbianas les gusta juntarse entre lesbianas. No sé si son tan aceptadas entre ellas las bisexuales en un grupo de amigas. Muchas ven la bisexualidad como una forma de histeriqueo; como un peligro, incluso. El otro día fui a ver la obra de Dani Umpi, Nena, no robarás, y al final el protagonista gay se enamora de una chica y se termina haciendo hétero. Y lo que ves es cómo los amigos gays lo recritican y se comportan como acaso podría esperarse de un grupo de amigos heterosexuales si uno de ellos saliera del closet. De hecho, tengo un amigo que durante años estuvo con chicos y que sabíamos que era gay hasta que un día se puso de novio con una chica y nos dejó a todos boquiabiertos. Y si bien es poco común que se dé una situación así, está bueno plantearla para que se vea cómo funcionan de uno y otro lado los mismos prejuicios."


Tampoco es común que haya bisexuales que repartan su atracción por hombres y mujeres con criterios salomónicos. No se trata de una programación matemática, puesto que la mayoría de las personas bisexuales se sienten, generalmente, un poco más atraídas por uno u otro sexo. "No creo que ser bisexual sea algo que haya que asumir –dice Mónica, 45 años, socióloga–. En todo caso, una se puede preguntar si será lesbiana porque le gusta una chica... Pero la verdad es que en mi caso no tuve mayores problemas ni me pregunté demasiado ninguna cosa. No me han gustado demasiadas chicas en mi vida: me enamoré dos veces de dos mujeres y estuve en pareja con cada una. Bueno, con la última me casé en ceremonia apócrifa, pero casorio al fin. Y también me gusta Hillary Swank, es cierto, pero no miro chicas por la calle, no me conmueven sus cuerpos ni nada de eso, es muy específico lo que me sucede con algunas, atracción pura o nada. Con los varones, en cambio, sí los miro, en la calle, en la playa, en las películas. Fantaseo también, no me cuesta nada echarme un polvo ocasional –cosa que difícilmente haga con una chica–, y hasta puedo llegar a pagar por un polvo con un varón, como si fuera un gusto que es posible darse. Por supuesto también me enamoré de hombres y he estado en pareja largo tiempo con algunos (en este momento, de sólo pensarlo me da fiaca; sin duda para la vida de a dos me gustan más las chicas), pero con un pensamiento bien heterosexista y casi machista del asunto, los veo como parte de una película porno, objetos sexuales, eso."

De ahí que el grado de atracción que las personas bisexuales sienten por el sexo al que son más proclives no siempre suponga una mayor afinidad sentimental por ese sexo, y viceversa. "Por las mujeres siempre sentí una atracción más emocional, más romántica. A la hora de pensar en una historia de amor, siempre me veía más con una mujer que con un hombre. Independientemente de que a lo largo de mi vida me he sentido tal vez más atraído sexualmente por chicos –confiesa Julio–. En mi caso me da lo mismo que el otro sea gay o bisexual. ¿Viste que hay gays a los que les gusta curtir con bisexuales? Bueno, a mí no. Me da exactamente lo mismo. Incluso, si tuviera que elegir, prefiero los chicos más bien afeminados. No tengo el morbo del chongo, para nada. Aunque sé bien que mi gusto no es el de la mayoría. Basta meterse en cualquier chat o página de contactos para ver que la mayoría de los gays buscan chicos 'masculinos'. Mientras que lo que a mí me gusta, tanto en un hombre como en una mujer, es la personalidad, la sensibilidad femenina. El machote, el fútbol, el pibe de barrio... todas esas cosas me aburren muchísimo. Me atrae, sí, que el otro tenga los vericuetos de lo femenino. Quizás ésa sea mi manera de buscar que las dos cosas puedan coexistir en una misma persona."


Ecuaciones

Pero ¿en qué se diferencia tener sexo con varones de tenerlo con mujeres? ¿Por qué no hacer que las personas bisexuales hablen, antes bien, de lo que les gusta más en uno y otro caso, en lugar de interpelarlos –como habitualmente ocurre– sobre si se sienten más atraídos por uno u otro sexo? "De los varones me gusta que es más fácil dejar la mente en suspenso y mecerse rítmicamente sin tener las manos en los genitales, me gusta esa conexión del coito heterosexual en que podés coger en dos planos, como si los genitales fueran capaces de hacer su parte y vos otra cosa. Y también me gusta el cuerpo de los varones, la fuerza, el peso, sentirme abrazada por alguien físicamente más grande –explica Mónica–. De las mujeres: la suavidad de la piel, la blandura de su cuerpo, la necesidad de inventar todo el tiempo, los besos, la brutalidad a la que se puede llegar con las manos, la exploración de los genitales, el sabor que tienen..." Y viceversa... "Lo que más me gusta con las mujeres es lo fácil y natural que puede ser coger cara a cara –dice Carlos–. Cuando tengo sexo me gusta mirar al otro, besarlo mientras lo penetro, y hacer eso con los varones suele obligar a pequeñas incomodidades que, en esa misma posición, no se dan con las mujeres. Quizá por eso soy más cariñoso con ellas, incluso cuando no las conozco. Mientras que con los varones está la excitante posibilidad de alternar una cierta violencia de igual a igual con la suavidad y los besos."


Es Mónica la que también dice que descubrirse bisexual representó para ella "una expansión increíble del mundo erótico y de relaciones. Algo que fue maravilloso y nada pero nada traumático". Y si bien tanto ella como Carlos tuvieron una vida heterosexual más larga si la comparan, en el caso de Mónica, con su "vida lesbiana de ahora", o con los intentos no del todo felices de Carlos de estar en pareja con un hombre desde que se separó de su mujer hace siete años, lo cierto que es hoy en día los dos se sienten más atraídos por su mismo sexo. "Como mi vida heterosexual ha sido más larga que esta vida lesbiana de ahora, no hay quién pueda decirme ninguna cosa –en relación con mi familia, por ejemplo–. También es verdad que nunca pregunté demasiado a mi familia ninguna cosa, pero en fin, la primera vez que estuve en pareja con una mujer me costaba presentarla ante ellos como mi pareja. Supongo que mi problema era ser lesbiana, no bisexual, y si le hubiera dicho a mi familia que era bisexual lo hubieran tomado del mismo modo en que tomaron otros hechos, como ser punk o drogadicta (al menos, según una visión conservadora, siempre fumé porro fuera del closet). Hubieran dicho 'ajá' y eso hubiera sido todo."

En el caso de Carlos, su ex mujer supo desde el inicio que a él también le gustaban los hombres. "Cuando vi que se estaba enganchando se lo dije. 'Tómalo o déjalo', y ella decidió tomarlo. Ante esa situación, empezó a controlarme bastante, más allá de que teníamos una relación bastante abierta. Hemos ido a clubes swinger y como siempre quería complacerme hasta llegó a contratar un taxi boy para que yo estuviera con él delante de ella. Pero a mí me costaba aceptar que ella estuviera con otros tipos; lo máximo que admitía era que le chuparan la concha, pero nunca hubiera dejado que se la cogieran en mi presencia. Sin embargo, ella sí aceptaba que yo estuviera con hombres; le daba celos, pero con tal de estar conmigo lo aceptaba. Con ella llevábamos un ritmo de vida muy acelerado y me quemaba la cabeza sexualmente. Cuando quedó embarazada de mi hijo, que hoy tiene 7 años, se volvió más insaciable, y casi hasta el día del parto seguimos teniendo sexo. Ella tenía conmigo una vida sexual muy activa porque pensaba que de esa forma me cansaba y me quitaba las ganas de buscar sexo con otras personas. Pero si bien con ella la cuota femenina la tenía cubierta, las ganas de estar con hombres las seguía teniendo."

Para Carlos, muchos que dicen ser bisexuales usan eso como un título para hacerse más machos y no decir que son gays, sabiendo que ese plus de virilidad puede ser una herramienta de seducción, con la gente gay sobre todo. "Hay bastante pose en algunos casos. Yo no me siento gay, más allá de que me gustan más los chicos que las chicas. Y pese a ser muy abierto para ciertas cosas no me gusta ver a dos tipos besándose o caminando de la mano por la calle. No sé por qué, pero me resulta chocante. Aunque tampoco les voy a andar gritando '¡putos!' para hacerme el macho." Tema en el que Carlos reconoce ser prejuicioso y en el que, sin darse cuenta, les hace el juego a quienes confunden bisexualidad con internalización de la homofobia. "Lo peor de ser bisexual tal vez sea no poder encontrar bien un rumbo. Aunque llega un momento en que te vas definiendo, pero cuesta... Un heterosexual no tiene ese problema: elige una mina, cambia y punto. Un gay elige un tipo, elige otro tipo, elige otro tipo, y otro, y otro, y otro... porque eso es lo que veo: una promiscuidad generalizada."


Pero ¿qué nos hace pensar que el amor es una variable de la sexualidad y no a la inversa? ¿Y por qué es tan habitual la creencia de que el amor y el sexo forman parte de una ecuación en que la heterosexualidad es la raíz que más fácil la resuelve? Que la escritora, feminista y activista bisexual Kate Millet haya dicho que "la homosexualidad la inventó el mundo straight para poder lidiar con su propia bisexualidad" no sólo habla de la invisibilidad que las personas bisexuales padecen socialmente –incluso dentro de la militancia lgbtti–, sino de lo inasimilable que para muchos sigue siendo esa forma de deseo que el psicoanálisis emplazó, alguna vez, en los devaneos polimorfos de la infancia. Entender que esto nada tiene que ver con el yin y el yang y que negar la sexualidad que por derecho propio es la bisexualidad no implica otra cosa que transigir con la heteronorma, nos exime de la infructuosa tarea de sopesar cuánto de heterosexual puede haber en lo homosexual, y viceversa. Es esa capacidad de "estar siendo" y no de "ser" que entraña la bisexualidad la expresión de una libertad que es preciso reivindicar y aceptar en sí misma. Una libertad que nos invite a desbaratar las mitades que haya dentro nuestro para que todo se mezcle.

Gran amor. Media naranja

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Natalia Barrios
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Cumplía 31 con tres deseos pegados al cuerpo: separación, mudanza y abandono total de la terapia. La combinación resultó en sábado lluvioso en Banfield embalando mis cosas para llegar a Barracas al día siguiente con un nuevo hogar.


En veinticuatro horas crucé el charco y mi vida hizo un quiebre. Laura fue testigo de la hazaña y la que me impulso al éxodo. Ella, con quien discutía sobre política en Instrucción Cívica en la escuela de monjas o compartí madrugadas de cine, música y mate. Laura me ha obsequiado desde entonces su leal amistad.


"Cuando uno elige la ausencia de ruidos y voces siente que no se va a enamorar más", decía yo muy seria mientras Laura desenvolvía uno por uno los vasos en mi nueva cocina. De pronto tomó un jarrito como quien manipula una bola de cristal y refutó mi especulación: "Veo una chica joven, con pelo castaño hasta los hombros, tiene algo naranja y te está preparando un café capuchino en esta cocina".


Mi amiga tiene la cualidad, de vez en cuando, de vislumbrar algunas cosas. Por eso no me burlé de su comentario. Y porque me daba pena saber que lo decía para darme ánimo. Estaba decepcionada de las mujeres, dolida, enojada. Después de aquel día, vinieron muchas noches estrellando el cielo con mis ojos despiertos.


En los meses siguientes, encontré nuevas amistades en el espacio menos imaginado: el trabajo. Entre todas, una chica a la que había conocido tantos años atrás y a la que, sin embargo, pude ver recién en ese momento. Estaba ahí, en la redacción, detrás del micrófono, a la vuelta de mi isla de edición. Que fuésemos compañeras de trabajo lo complicaba todo. ¿Y si no funcionaba? ¿Cómo podríamos seguir trabajando juntas? La onda pudo más que los miedos. Nos acercamos. Nos hicimos amigas... inseparables y en esa insoportable ansiedad de no animarme a confesarle lo que sentía, pasaron días, soplaron vientos fuertes trayendo lluvias y, de pronto, un incidente familiar terminó dejándola a mi lado, en mi propia cama. Durmiendo, claro.


Recuerdo que fue un domingo mágico, no sólo por sentirla tan cerca, sino porque al despertar la vi. Con un jarrito de café capuchino, el pelo ensortijado y una remera naranja.


Me acordé de Laura, de su visión y de mis miedos que se fueron de golpe.


Ahora que ya han pasado unos años, me gusta todavía decirle mi media naranja, porque es esa otra mitad para mí, que supone un complemento similar, jugoso y femenino.

La homofóbia como boomerang

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Patricio Lennard

El primer disparo se lo dio a su madre en la nuca mientras ella miraba por la ventana de la cocina. El segundo lo recibió su hermano mientras ordeñaba una vaca en uno de los corrales. Entonces escondió la escopeta debajo del bebedero de los animales, revolvió un poco la casa para simular una situación de robo y corrió una cuadra para pedir auxilio a los vecinos. Pero cuando llegó la policía la tranquera estaba cerrada con candado y el desorden que había en las habitaciones no se correspondía con el que se podía esperar de ladrones que no habían dudado en matar a sangre fría. Algunas horas después, en un último gesto desesperado que había ido madurando a medida que sus dichos iban perdiendo fuerza, intentó involucrar a un supuesto novio como autor de la masacre. Declaró que estuvieron juntos en su habitación, que en un momento el otro salió con el arma, que escuchó disparos, que forcejeó con él hasta quitarle la carabina, y que salió corriendo para pedir ayuda. Así el componente homosexual se deslizó en la trama de un crimen que terminó salpicado por la misma sangre. Salpicado por la sangre de su sangre.


Cuando Cristian Marcelo Bernasconi le confesó esta semana a la policía que él había sido el autor del asesinato de su madre y de su hermano mayor, junto a quienes vivía en el campo que su familia tiene en la localidad bonaerense de Lisandro Olmos, a nueve kilómetros de la ciudad de La Plata, asumió una culpa que era otra que aquella que su madre y su hermano habían querido generarle a lo largo de dos años en los que ambos no habían ahorrado esfuerzos para que ese chico de 18 años que un día les había dicho que era gay de una buena vez se enderezara. "Vos tenés que ser normal, no podés seguir haciendo eso", eran las recriminaciones que recibía casi todos los días. Reproches que generaban discusiones fuertes, muchas de las cuales quedaron volcadas en el diario intimo que Cristian escribía."Ellos me hostigaban, no me dejaban elegir a quién amar", dijo en su confesión ante los investigadores. Y si bien adujo también, entre sus motivaciones, el hecho de que tuviera que soportar cotidianamente las pesadas tareas que se había visto obligado a realizar en el campo luego de la muerte de su padre, un año atrás, lo cierto es que la homofobia fue el principal detonante.


Pero la tragedia podría haber sido diferente y acaso menos sorprendente si, en lugar de matar, Cristian hubiera decidido suicidarse. Una opción que él había considerado una semana antes del crimen, cuando escribió una carta con tono de despedida a su familia y a su novio, un muchacho de La Plata, y que la policía encontró debajo de su almohada. Así, todo hubiera sido más previsible y el suicidio que no fue apenas hubiera engrosado las estadísticas que demuestran que la homofobia es una de las causas más comunes de suicidios entre los más jóvenes. Una realidad que en España se ve reflejada en el hecho de que más de la mitad de los suicidios en adolescentes varones es atribuible a la discriminación por orientación sexual, mientras que el suicidio es la segunda causa de muerte –después de los accidentes de tránsito– entre jóvenes y adolescentes, según un informe del Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica (Inserm). Datos que si algo dejan en claro es que la homofobia mata y que, en ciertas ocasiones, también genera formas de violencia que vuelven, como un boomerang, a aquellos que las detentan como un arma.

La normalidad bien entendida

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Las campañas publicitarias a favor de restablecer el matrimonio de parejas del mismo sexo en California exponen a familias gays y lesbianas como versiones lo más parecidas posible a su contraparte hétero. Una estrategia que para algunos deja a un lado la diversidad pretendiendo convencer y convencerse de que en ser normales hay un gesto político.



Patricio Lennard

Después de que una asociación norteamericana llamada Nation For Marriage puso al aire hace algunas semanas un increíble spot publicitario en el que gays y lesbianas eran comparados, apocalípticamente, con una tormenta horrible que se avecina (y todo porque éstos buscan que se les devuelva en California el derecho al matrimonio que se les arrebató en las últimas elecciones con el triunfo de la proposición 8), esta semana la asociación Equality California hizo lo propio con dos comerciales que si algo buscan dejar en claro es lo normales que pueden ser las familias "homos". Y si no, allí están Héctor y Rubén para demostrarlo: una pareja de latinos cuarentones que juegan en el tobogán del fondo de su casa con sus dos hijos pequeños y hablan de lo mal que les cayó todo el asunto de la Prop 8 ("somos una familia como cualquier otra, y como cualquier pareja merecemos estar casados", reclama uno de ellos). O Frances y Cynthia, madres de una adolescente a quien acaban de comprarle su vestido para la fiesta de graduación, y que se ven compadecidas por su hija cuando ella dice que jamás se casaría en un estado que prohíbe que sus madres estén casadas. Postales de la vida "homoparental" que en estos dos avisos buscan persuadir al televidente heterosexual de que familias como esas son las que viven cerca de por medio. Pero que, más allá de lo persuasivos que pueden llegar a ser, reproducen un modelo que escamotea la diferencia.


Elevando el umbral a la altura de la heteronorma (como diría Judith Butler), la militancia a favor del matrimonio de parejas del mismo sexo suele pasar por alto, de este modo, no sólo el hecho de que los hijos de padres homosexuales llevan la huella singular de un destino difícil (como tantos otros hijos), sino también que los padres homosexuales son diferentes de los otros padres. Nadie habla, puertas afuera, de resignificar la familia como institución, mientras sí se reclama un derecho, que es el del matrimonio, que es también el de tener hijos, en aras de una igualdad por la que gays y lesbianas pretenden "probar" que ellos también son buenos padres y que sus hijos se portan tan bien como los de las familias héteros. Otro tanto podría afirmarse del derecho a fracasar o a divorciarse. O de las formas en que estas nuevas familias habrán de ser, por qué no, a su manera, disfuncionales.


Augurar como lo hizo Mario Vargas Llosa en un artículo que escribió poco después de que se promulgara en España la ley de matrimonio homosexual que "es muy posible que, dentro de veinte o treinta años, las familias más estables las descubran las estadísticas entre los matrimonios gays", deposita en nuestros hombros una carga pesada. La idea de que podemos reinventar la familia no contempla, pues, la posibilidad de equivocarnos en la medida en que se nos excluye de la fatalidad (el desafío) de ser malos padres. Aunque de lo que se trata es de ser padres y madres hoy, y allí es donde el debate enfrenta a quienes ven con buenos ojos asimilarse a un modelo de familia preestablecido y gozar de los mismos derechos que los heterosexuales con aquellos que piensan que hacerlo deja afuera a quienes les resulta más difícil ocultar o disimular lo que lxs hace diferentes. Cuando el meollo de la cuestión, en realidad, es aprender a aceptar a los padres y madres lgbt tal como son y no como estos padres y madres esperan o creen que deberían ser de acuerdo a lo que los demás esperan de ellos.

Dos puntos

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Santiago Abel

"Qué linda parejita hacen, putitos", nos dijo un chico que pasó a mi lado y al lado del chico del que estoy enamorado (estábamos cerquita de mi casa, en una esquina, abrazados). Yo lo miré a la cara y a pesar del comentario homófobo le respondí: "Gracias".

Los ojos del halagador se llenaron de ira: "¿Qué me decís, puto de mierda?".

Ojalá el jueguito se hubiese terminado ahí.

"¡Corré! ¡Corré!", le grité al chico que hacía segundos me estaba abrazando.

La calle en un instante se convirtió en un campo de batalla.

"Flaco, pará", "Flaco, ya pasó", "Flaco, andáte", no paraba de gritar la cuadra y media que corrimos hasta la puerta de mi casa.

Las construcciones que son mis nuevas vecinas proporcionaron el material ideal para que el flaco nos vaya tirando unas piedras que, mientras corríamos, no nos alcanzaron.

Llegué, toqué timbre, puse la llave en la cerradura y recibí un piedrazo arriba de la nuca. Cuando corrí los sesenta metros de pasillo ya tenía sangre por todos lados.

"Por puto, papá, por puto", gritaba lleno de bronca con la cabeza torcida para que no me quedara toda la ropa manchada.

Me sentí también un monstruo gritando "negro de mierda", mientras miraba cómo las gotitas rojas manchaban el piso.

Gritos. Furia. Odio.

Atentado contra el amor.

A las seis de la mañana, el doctor, con dos puntos, agua oxigenada y dos vendas, le puso fin a la hemorragia. Mi papá y el chico que abrazaba en la esquina me esperaban afuera.

Las imágenes se repetían. Volvían. Otra vez corría. Otra vez gracias. Otra vez puto de mierda. Otra vez el hospital.

No fue nada grave, por suerte.

A quien amo no le pasó nada, por suerte.

¿Por qué esto es tener suerte? ¿No nos caían tan bien los gays? ¿No estábamos a favor del amor y no de la discriminación? ¿No teníamos derecho de estar parados abrazándonos?

¿Esto es homofobia? ¿Esto es inseguridad? ¿Estas son las preguntas que nos tenemos que hacer?

¿Por qué?

Desnudez

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Te arrojaba la sombra efluvios de agonía.
El silencio se hizo turbador y anhelante.
Escuché un susurrar de pétalos rosados.
Lirio entre lirios, blanco, se me mostró tu cuerpo.
Sentí de pronto indignos los toscos labios míos.
Mi alma cumplió un sueño conmovido:
posaren tu encanto, que sabe retener tanta luz,
el tembloroso hálito de algún místico beso.
Desdeñando los mundos que el deseo encadena,
gélida mantuviste tu sonrisa inmortal:
Sobrehumana y extraña resiste la Belleza
y exige la distancia radiante del altar.
En torno a ti, esparcidos, sollozaban los nardos
y tus senos se erguían, intactos y orgullosos.
Quemaba en mi mirada el doloroso éxtasis
que oprime en los umbrales de la divinidad.

El cohete

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Vertiginosamente volaba a las estrellas.
Mi orgullo degustaba el triunfo de los dioses.
Desgarraba mi vuelo, jubiloso y nupcial,
Las tinieblas de estío como velos muy tenues...
Con fugitivo beso de himeneo, fui amante
De la Noche de pelo cuajado de violetas.
Las flores del tabaco me entreabrían sus cápsulas
De marfil donde, tibio, dormía algún recuerdo.
Vislumbraba más alta la Pléyade divina.
Ascendía...
Alcanzaba el Eterno Silencio.
Entonces me quebré como un loco arco iris,
Arrojando fulgores de oro, de ónice y jade.
Fui el relámpago extinto y el sueño destruido.
Sabiendo del ardor, del esfuerzo en la lucha,
Del vencer, del espanto monstruoso de caer,
Fui la estrella caída que se apaga en la noche.

En el nombre de la madre

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"Por el bien de niños y niñas", eso esgrimen las voces más conservadoras cuando se alzan con palos y leyes contra la amenaza de las familias homoparentales que, dicho sea de paso, queridos terrícolas, ya están entre nosotros hace rato y gozan de buena salud. Esa cruzada por la felicidad de los niños, que implica escatimarle derechos y nombres propios, suena parecido a lo que dicen tantas buenas personas cuando se les pregunta sobre si les molestaría tener un hijo o hija homosexual: "Por mí no hay problema, lo que pasa es que no me gustaría verlo sufrir". ¿Y quién va a hacer sufrir a ese niño si no este mismo padre que admite sin revelarse que las personas homosexuales llegan a este mundo para sufrir? ¿No es más fácil cambiar las leyes que andar por la vida poniendo o sufriendo estigmas basados en concepciones perimidas de lo normal?

En fin, algunos gobiernos así lo consideran y con el mismo lema, aunque un tanto más pragmático: "Para solucionarles la vida a tantos niñas y niños" y "para facilitarles las cosas a quienes efectivamente se ocupan de ellos", el gobierno francés apura la aprobación de una ley que reconocerá la familia homoparental, hogares en los que viven unos 30 mil niños en Francia, según el Instituto Nacional de Estadística. Y desde el 1º de abril, en el Reino Unido, las madres lesbianas que conciban a sus hijos vía fecundación artificial podrán inscribirlos con los apellidos de cada una de ellas. El nombre de las madres como parte fundante de la identidad de una persona que crece criada por dos mujeres, o ha sido concebido a raíz del deseo de dos madres, contribuye a poner en jaque toda sospecha de "fenómeno extraterrestre" con el que se suele presentar esta realidad. El doble apellido por un lado compromete jurídica y económicamente a las responsables, y por otro otorga esa alcurnia, ya no de clase sino de orgullo de venir de donde se viene, de ser quien cada uno es.

El poder de la miel

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Un novedoso estudio sugiere que utilizar la miel como ungüento en operaciones de pacientes con cáncer de colon puede prevenir la reaparición de los tumores.
Pese a que la investigación se realizó en ratones de laboratorio y no se espera que los hospitales aprovisionen sus salas de operaciones con frascos de miel, la miel se utiliza como remedio popular desde tiempos inmemoriales.
Un experto en oncología de la Clínica Mayo dijo que los resultados del estudio, realizado en Turquía, son muy interesantes y no deben descartarse.
El objeto de la investigación es intensificar la seguridad de la laparoscopia, un procedimiento cada vez más popular que consiste en la inserción en el organismo de instrumentos muy delgados a través de pequeñas incisiones.
El entusiasmo por esta técnica se ha visto opacado por informes que afirman que la laparoscopia para el cáncer de colon puede promover tumores en las paredes abdominales, donde se introdujeron los instrumentos quirúrgicos.
Investigaciones
Los investigadores turcos, encabezados por el doctor Ismail Hamzaoglu, de la Universidad de Estambul, sugieren que la miel podría bloquear las células cancerosas si se la unta en las incisiones.El hallazgo, basado en la observación de 60 ratones de laboratorio, fue difundido en la publicación especializada Archives of Surgery (Archivos de Cirugía).
La doctora Tonia Young-Fadok, cirujana de la Clínica Mayo que participa en un estudio sobre la posibilidad de que la laparoscopia en casos de cáncer de colon cause nuevos tumores, señaló que ciertas sustancias presentes en la miel pueden contribuir a disolver las células tumorales.
"No queda claro cuál es el poder de la miel, pero evidentemente hay algo en ella que vale la pena tener en cuenta", dijo Young-Fadok.

El largo brazo de la inquisición

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Sin duda amparada por la corriente de fundamentalismo que sopla sobre la Iglesia desde el trono de Benedicto XVI, la comunidad lefebvrista del Verbo Encarnado sometió a toda clase de violencias a una empleada por considerar que padece la "patología" del lesbianismo. Un caso de mobbing por el que nadie se rasga las vestiduras.


Clarisa Ercolano


La historia parece haber transcurrido en plena Edad Media y estar vinculada con lo que algunos denominaron "la Santa Inquisición". Sin embargo, el escenario es bastante más actual, sucedió en Rosario y en pleno siglo XXI. A Rosana Martínez la echaron de su trabajo ya que las autoridades del colegio Verbo Encarnado, donde se desempeñaba como personal administrativo, aludieron que su supuesta condición de lesbiana era un motivo más que suficiente. La cara más visible de este grupo enjuiciador es Héctor Di Mónaco, directivo del Colegio de Abogados de esa ciudad y que además está al frente del área de Derechos Humanos de esa entidad. Di Mónaco es el representante legal de la cuestionada institución educativa.

De acuerdo con los testimonios de Susana Treviño, abogada laboralista, presidenta de la organización Mobbing Argentina y representante de Rosana, Di Mónaco no puede seguir en esas funciones luego de haber calificado al lesbianismo como "una patología" en el marco del juicio laboral entre la mujer cesanteada y el colegio que él patrocina. Treviño explicó a Las 12 que la escuela adujo para el despido el presunto lesbianismo de la empleada. "Al contestar la demanda, Di Mónaco calificó como 'patología' esa supuesta condición sexual que motivó la cesantía." "Esto es inaceptable, sobre todo porque él preside el Instituto de Derechos Humanos del Colegio de Abogados", afirmó la letrada con visible indignación.

La vida de Rosana transcurría normalmente entre las paredes del colegio vinculado con el Opus Dei y que pregona en su portal de Internet el desarrollo activo de "un humanismo cristiano". Allí se desempeñaba en un cargo administrativo desde 1993. Luego de su ingreso en la institución educativa, la mujer había comenzado a manifestar la intención de ordenarse como religiosa además de continuar con sus tareas habituales. Rosana manifestó en su declaración que creyó identificarse con la humildad y solidaridad de la cual hacía gala el colegio, pero hoy se arrepiente de su "ingenuidad". "Tiene una vocación mística, hasta el día de hoy asegura que su fe sigue intacta", agregó su asesora legal.

Ese deseo de ser una congregada a tiempo completo hizo que comenzara una relación de amistad con una hermana de la orden que ya trabajaba dentro de la institución. Desde ese momento, las acusaciones por parte de la administradora y del representante legal jamás se detuvieron. Entre otras cosas, la "culparon" de mantener relaciones homosexuales con la religiosa. "Me arruinaron la vida, ese ambiente laboral estaba envenenado", señaló Rosana en su declaración

El maltrato se volvió una constante y también la quita de tareas y hasta el encierro en sitios "resguardados" del colegio, donde no pudiese ser vista por la comunidad educativa que circulaba a diario por la escuela. "Es increíble ver el deterioro en el que cayó Rosana, el desequilibrio psíquico que empezó a tener e hizo mella también en su cuerpo, ya que bajó visiblemente de peso (20 kilos en total), perdió el pelo al punto tal de tener que ocultar su calvicie con un turbante y se hicieron cada vez más fuertes los dolores musculares y óseoarticulares por la tensión constante que vive a diario", resumió Treviño.

"Esto es como un tribunal de la Inquisición, un tratamiento típico de la caza de brujas, vos sos así, sos diferente, te estigmatizo y te quemo", contó esta abogada que se especializa en mobbing, término utilizado para caracterizar al cada vez más frecuente hostigamiento laboral en cualquiera de sus múltiples formas.

"La gran palabra que engloba todo esto es violencia, se ataca por violencia, por ver algo diferente, ya sea por ser lesbiana, mujer, o porque trabaja mejor que el resto y se destaca y como no entra en los cánones típicos, se ataca a esa persona como sea."

Para Rosana, las salidas siguen cerradas. Después del prolongado litigio, recibió por parte del Verbo Encarnado una cifra de dinero que su representante legal considera "ínfima para reparar los daños que aún sufre pero que aceptó por su situación apremiante". Sin trabajo, deprimida, además debe luchar contra los fantasmas. "Logra encontrar algún empleo, pero cuando llaman al colegio para pedir referencias, la lapidan y adiós trabajo", sintetizó Treviño. Su caso, sin embargo, busca sentar jurisprudencia que prevenga y evite la violencia laboral. "Lamentablemente, en estos casos, las víctimas afectadas son muchas más mujeres que hombres", puntualizó.

Putas desnudas. El largo brazo de la inquisicion. Violencias.

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Sin duda amparada por la corriente de fundamentalismo que sopla sobre la Iglesia desde el trono de Benedicto XVI, la comunidad lefebvrista del Verbo Encarnado sometió a toda clase de violencias a una empleada por considerar que padece la "patología" del lesbianismo. Un caso de mobbing por el que nadie se rasga las vestiduras.


Clarisa Ercolano

La historia parece haber transcurrido en plena Edad Media y estar vinculada con lo que algunos denominaron "la Santa Inquisición". Sin embargo, el escenario es bastante más actual, sucedió en Rosario y en pleno siglo XXI. A Rosana Martínez la echaron de su trabajo ya que las autoridades del colegio Verbo Encarnado, donde se desempeñaba como personal administrativo, aludieron que su supuesta condición de lesbiana era un motivo más que suficiente. La cara más visible de este grupo enjuiciador es Héctor Di Mónaco, directivo del Colegio de Abogados de esa ciudad y que además está al frente del área de Derechos Humanos de esa entidad. Di Mónaco es el representante legal de la cuestionada institución educativa.


De acuerdo con los testimonios de Susana Treviño, abogada laboralista, presidenta de la organización Mobbing Argentina y representante de Rosana, Di Mónaco no puede seguir en esas funciones luego de haber calificado al lesbianismo como "una patología" en el marco del juicio laboral entre la mujer cesanteada y el colegio que él patrocina. Treviño explicó a Las 12 que la escuela adujo para el despido el presunto lesbianismo de la empleada. "Al contestar la demanda, Di Mónaco calificó como 'patología' esa supuesta condición sexual que motivó la cesantía." "Esto es inaceptable, sobre todo porque él preside el Instituto de Derechos Humanos del Colegio de Abogados", afirmó la letrada con visible indignación.


La vida de Rosana transcurría normalmente entre las paredes del colegio vinculado con el Opus Dei y que pregona en su portal de Internet el desarrollo activo de "un humanismo cristiano". Allí se desempeñaba en un cargo administrativo desde 1993. Luego de su ingreso en la institución educativa, la mujer había comenzado a manifestar la intención de ordenarse como religiosa además de continuar con sus tareas habituales. Rosana manifestó en su declaración que creyó identificarse con la humildad y solidaridad de la cual hacía gala el colegio, pero hoy se arrepiente de su "ingenuidad". "Tiene una vocación mística, hasta el día de hoy asegura que su fe sigue intacta", agregó su asesora legal.


Ese deseo de ser una congregada a tiempo completo hizo que comenzara una relación de amistad con una hermana de la orden que ya trabajaba dentro de la institución. Desde ese momento, las acusaciones por parte de la administradora y del representante legal jamás se detuvieron. Entre otras cosas, la "culparon" de mantener relaciones homosexuales con la religiosa. "Me arruinaron la vida, ese ambiente laboral estaba envenenado", señaló Rosana en su declaración


El maltrato se volvió una constante y también la quita de tareas y hasta el encierro en sitios "resguardados" del colegio, donde no pudiese ser vista por la comunidad educativa que circulaba a diario por la escuela. "Es increíble ver el deterioro en el que cayó Rosana, el desequilibrio psíquico que empezó a tener e hizo mella también en su cuerpo, ya que bajó visiblemente de peso (20 kilos en total), perdió el pelo al punto tal de tener que ocultar su calvicie con un turbante y se hicieron cada vez más fuertes los dolores musculares y óseoarticulares por la tensión constante que vive a diario", resumió Treviño.


"Esto es como un tribunal de la Inquisición, un tratamiento típico de la caza de brujas, vos sos así, sos diferente, te estigmatizo y te quemo", contó esta abogada que se especializa en mobbing, término utilizado para caracterizar al cada vez más frecuente hostigamiento laboral en cualquiera de sus múltiples formas.

"La gran palabra que engloba todo esto es violencia, se ataca por violencia, por ver algo diferente, ya sea por ser lesbiana, mujer, o porque trabaja mejor que el resto y se destaca y como no entra en los cánones típicos, se ataca a esa persona como sea."
Para Rosana, las salidas siguen cerradas. Después del prolongado litigio, recibió por parte del Verbo Encarnado una cifra de dinero que su representante legal considera "ínfima para reparar los daños que aún sufre pero que aceptó por su situación apremiante". Sin trabajo, deprimida, además debe luchar contra los fantasmas. "Logra encontrar algún empleo, pero cuando llaman al colegio para pedir referencias, la lapidan y adiós trabajo", sintetizó Treviño. Su caso, sin embargo, busca sentar jurisprudencia que prevenga y evite la violencia laboral. "Lamentablemente, en estos casos, las víctimas afectadas son muchas más mujeres que hombres", puntualizó.

Dentro tuya

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En el camino inquieto
de tu cintura
acaricio el paso
de mis falsas manos
sonrientes

En el vértigo azul
de tus senos
escalo ardiente
sus inocentes límites
mendigos

En el azote fiel
de tus labios
rocío el antifaz
de tu cincelada lengua
jugosa

En el ondulante vaivén
de tu burbuja rosa
busco su llovizna
de miel
y me encuentro

Amanecer

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Borro todo el blog y comienzo nuevamente. Dejo atrás todo aquello que nos perteneció.
Me refundaré en otros ojos, tal vez hoy, tal vez mañana, tal vez nunca o tal vez cuando me ames.